A menudo pensamos en la educación como un proceso unidireccional: un aula, un texto, una lección. Sin embargo, lo vivido recientemente en el espacio compartido con la profesora Luisa Adriana Hernández Naranjo nos recuerda una verdad fundamental que a veces olvidamos en la prisa de la academia: la educación es, ante todo, un ejercicio de escucha.

No fue solo una charla; fue un ecosistema de ideas. En un mundo cada vez más fragmentado por pantallas y monólogos, sentarse a dialogar sobre comunidad y pedagogía es un acto de resistencia positiva. Escuchar la experiencia del otro no es solo cortesía; es la herramienta más sofisticada de aprendizaje que poseemos.

El aula sin paredes

Cuando permitimos que las experiencias de vida de cada persona entren en la conversación, el concepto de "comunidad" deja de ser una definición de diccionario y se convierte en algo vivo. Los puntos de vista compartidos en este encuentro demostraron que:

·         La diversidad es riqueza: No hay una sola forma de entender el territorio o la escuela.

·         La pregunta es el motor: Quienes se acercaron a preguntar no solo buscaban respuestas, buscaban tejer puentes.

·         El respeto es el suelo: Sin una base ética de reconocimiento mutuo, el diálogo es imposible.

Construir desde el "nosotros"

Eventos como este nos dejan una reflexión clara: el cambio educativo no vendrá exclusivamente de una reforma técnica o de un presupuesto, sino de la capacidad que tengamos de aprender juntos. La labor de docentes como Luisa Adriana es vital, no solo por su conocimiento, sino por su apertura para generar espacios donde la voz de todos cuenta.

Seguimos adelante con la convicción de que el diálogo no es el fin del camino, sino el punto de partida. Si queremos transformar nuestra realidad, debemos empezar por escucharnos con la misma pasión con la que queremos ser escuchados.

La educación es comunidad, o no es nada.