Lo que acaba de suceder en el Centro de Convenciones Neomundo no es una renuncia ordinaria; es un síntoma de la enfermedad terminal que padece la institucionalidad en Bucaramanga: la politización absoluta. La salida de Tomás León Mendoza tras apenas 83 días de gestión es la crónica de un atropello anunciado, donde el rigor técnico fue sacrificado en el altar de los intereses burocráticos.
83 días: El paredón de la impaciencia política
Es un insulto a la inteligencia ciudadana pretender realizar una "valoración de gestión" a un funcionario que no ha cumplido siquiera tres meses en el cargo. Cualquier experto en administración sabe que ese tiempo apenas alcanza para un diagnóstico básico. Sin embargo, para quienes ven en Neomundo un botín y no un centro de desarrollo, 83 días fueron suficientes para montar un escenario de persecución, carente de imparcialidad y rigor.
El mensaje es claro: Si no te alineas, te vas
León Mendoza ha sido valiente al llamar a las cosas por su nombre: falta de condiciones y entorno politizado. Su renuncia irrevocable es una bofetada a una administración que parece priorizar el control de las entidades sobre la eficiencia de las mismas. Cuando la "valoración técnica" se convierte en una herramienta de presión política, se rompe la confianza pública.
¿Qué profesional serio, con una trayectoria que cuidar, se atreverá ahora a sentarse en esa silla eléctrica? La respuesta es sencilla: solo aquellos dispuestos a ceder ante las presiones de turno.
Un Neomundo a la deriva
Mientras el mundo compite por atraer eventos de ciencia, tecnología e innovación, Neomundo se queda atrapado en los caprichos del "cambio de administración". No es solo la salida de un gerente; es la parálisis de una visión de ciudad.
Si la Junta Directiva y los responsables de esta crisis no explican por qué se forzó la salida de un perfil técnico bajo condiciones tan cuestionables, estarán aceptando que Neomundo ya no le pertenece a los bumangueses, sino a la maquinaria política.
Hoy, la ética profesional de León Mendoza queda a salvo, pero la credibilidad institucional de Neomundo queda herida de muerte. En Bucaramanga, parece que el mérito es un estorbo para quienes solo saben gobernar con el espejo retrovisor y la chequera burocrática en la mano.