El caso de John Jairo Leguía González, el pastor judicializado recientemente en San Andrés por presunto abuso sexual, no es solo un expediente judicial más; es un recordatorio brutal de cómo la vulnerabilidad espiritual puede ser convertida en un arma de sometimiento.
El abuso desde el púlpito
Lo que hace este caso particularmente indignante es la metodología del engaño. No estamos ante un acto de violencia fortuita, sino ante una manipulación sistemática de la confianza. Leguía utilizaba su investidura para diseñar "rituales de sanación", una fachada sagrada creada con el único fin de desarmar las defensas psicológicas de sus víctimas.
Cuando un guía espiritual convence a un feligrés de que el desnudo y el contacto físico son requisitos para la "purificación", está ejerciendo una coacción invisible. La víctima no solo se enfrenta a un agresor, sino a la autoridad divina que este pretende representar. En ese estado de indefensión, el "aceite ungido" no era un elemento litúrgico, sino el instrumento de una emboscada.
La deuda de las comunidades religiosas
Este suceso pone sobre la mesa una discusión urgente: la falta de mecanismos de control y veeduría dentro de las comunidades de fe. El respeto a la libertad de culto no puede ser un cheque en blanco para que figuras de liderazgo actúen sin rendir cuentas.
La confianza no es impunidad: Gozar de reconocimiento social no exime a nadie de la vigilancia ética.
La denuncia es el primer paso: Es vital que las cuatro mujeres que alzaron la voz sean protegidas y que su valentía sirva para desmantelar cualquier otro "ritual" de abuso que aún permanezca en la sombra.
Justicia para San Andrés
La decisión de la juez de dictar medida de aseguramiento en centro carcelario es un mensaje necesario. Los delitos de acceso carnal violento agravado y acto sexual violento son de una gravedad extrema, especialmente cuando se cometen traicionando la buena fe de quienes buscan consuelo espiritual.
La fe debería ser un refugio, nunca una jaula. Mientras el proceso judicial avanza, queda la lección amarga de que el peligro, a veces, viste ropas de guía y habla en nombre de lo sagrado. La justicia tiene ahora la responsabilidad de demostrar que, por encima de cualquier jerarquía religiosa, prevalece la dignidad y la integridad de las mujeres.