La frontera colombo-venezolana ha dejado de ser una simple línea divisoria para convertirse en el tablero de ajedrez más peligroso del hemisferio. Los recientes movimientos del Ejército de Liberación Nacional (ELN) hacia el Catatumbo, detectados por inteligencia desde finales de 2025, no fueron un simple desplazamiento de tropas; fueron el preludio de una escalada militar sin precedentes que hoy tiene a la región bajo el fuego de ataques aéreos internacionales y disputas territoriales sangrientas.
Un repliegue con aroma a pólvora
Resulta ingenuo pensar que el traslado masivo de combatientes del ELN desde Venezuela hacia Norte de Santander fue una coincidencia. Mientras Washington justificaba sus incursiones aéreas del 3 de enero bajo la bandera de la lucha contra el narcoterrorismo, en las montañas del Catatumbo la realidad es más cruda: el ELN está intentando recuperar un terreno que ya no le pertenece del todo.
El choque con el Frente 33 de las disidencias de las FARC revela una fractura profunda en el submundo criminal. Lo que vemos no es una unión de insurgencias, sino una guerra caníbal por el control de rutas que son el oxígeno financiero de estos grupos. El problema es que, en medio de este "reposicionamiento estratégico", queda atrapada una población civil que ya no tiene hacia dónde huir.
El juego de espejos diplomático
La narrativa oficial se vuelve cada vez más difusa. Mientras el presidente Gustavo Petro señala incidentes como el estallido de la fábrica en Zulia como evidencia del control guerrillero, las contradicciones de los sectores privados y el silencio de Caracas solo alimentan la incertidumbre. Lo que es innegable es que el uso de Venezuela como retaguardia estratégica por parte del ELN ha llegado a un punto de quiebre.
La soberanía, ese concepto tan defendido en los discursos, parece desvanecerse cuando estructuras armadas cruzan fronteras con total impunidad, provocando que potencias externas como Estados Unidos decidan intervenir directamente en el vecindario.
La respuesta del Estado: ¿Suficiente o tardía?
El anuncio del Plan Frontera por parte del ministro de Defensa, Pedro Sánchez, es una reacción necesaria, pero que llega con el peso de una crisis humanitaria ya desbordada. Militarizar la frontera y proteger activos estratégicos es el deber mínimo, pero el verdadero desafío radica en la inteligencia social: ¿Cómo pedirle información a una ciudadanía que vive bajo el fusil de las disidencias y el ELN?
Conclusión
El Catatumbo es hoy el síntoma de una enfermedad mayor. La combinación de un ELN que se repliega para sobrevivir, un estado venezolano cuestionado en su capacidad de control territorial y una intervención estadounidense quirúrgica, coloca a Colombia en una posición de extrema vulnerabilidad.
Si el Gobierno Nacional no logra transformar el Plan Frontera en una presencia institucional permanente que vaya más allá de las botas militares, el Catatumbo seguirá siendo el escenario donde se escriben los capítulos más oscuros de nuestra historia contemporánea. La estabilidad regional pende de un hilo, y ese hilo se está tensando en el norte de Santander.