Vivimos en la era de la "glorificación del agotamiento". Hemos construido un altar a la productividad donde el sacrificio principal es nuestra propia salud mental. Como bien señala la psicóloga Ruth Stella Catalina Muñoz, parece que hemos olvidado una verdad biológica fundamental: no fuimos diseñados para vivir corriendo.

Hoy, el éxito se mide en cuántas tareas podemos tachar de una lista infinita y qué tan rápido podemos responder a un mensaje. Hemos convertido el multitasking en una medalla de honor, sin darnos cuenta de que, bajo esa armadura de eficiencia, hay un cuerpo y una mente que se están fracturando.

El peligro de normalizar el cansancio

Uno de los puntos más críticos que enfrentamos es la normalización del agotamiento. Hemos llegado al extremo de sentir culpa por descansar, como si hacer una pausa fuera sinónimo de fracaso. Sin embargo, la realidad es opuesta:

La reactividad vs. la coherencia: Al correr, dejamos de responder y empezamos a reaccionar. Esto destruye nuestros vínculos y empobrece nuestra comunicación.

El sistema nervioso en alerta: Vivir de prisa es decirle a nuestro cuerpo que estamos en peligro constante. La pausa no es ocio; es la señal que el sistema nervioso necesita para saber que está a salvo.

La trampa del "vivir en automático"

No es solo una cuestión de los jóvenes que "nacieron cansados"; es una epidemia que alcanza a líderes exhaustos y adultos que transitan su vida en modo automático. Tomar decisiones desde el agotamiento no es liderazgo, es supervivencia. Cuando el "toca hacerlo" reemplaza al "quiero hacerlo", perdemos el corazón de nuestras acciones.

"Pausar no es renunciar al propósito de vivir, es precisamente asegurar que tengamos vida para cumplir ese propósito."

Hacia una responsabilidad consciente

Abandonar la prisa no nos hace mediocres ni poco productivos. Al contrario, nos hace dueños de nuestras capacidades. Al aceptar que no podemos con todo y que no necesitamos cumplir los estándares ajenos, recuperamos la autonomía sobre nuestras decisiones.

Detenerse es, en esencia, un acto de amor propio y de responsabilidad social. Si no aprendemos a vivir más pausados y menos reactivos, seguiremos siendo una sociedad que cualquier situación puede quebrar. La invitación es clara: bajemos la velocidad, no para llegar tarde, sino para llegar enteros.