El empate 1-1 entre Llaneros y Atlético Bucaramanga en
el estadio Bello Horizonte – Rey Pelé pasará a la historia no por el despliegue
técnico de los jugadores, sino por haber destapado, una vez más, las costuras
de un fútbol colombiano que camina entre la ambición de élite y las carencias
de base.
La explosión de Leonel Álvarez en rueda de prensa
no fue un simple berrinche de perdedor —o de quien no pudo ganar—.
La
Dignidad no se Negocia, pero la Calidad se Exige
La respuesta de Juan Carlos Trujillo, presidente
de Llaneros, fue la clásica maniobra de defensa del territorio.
Trujillo
admitió un problema con un tubo de alta presión que afectó el gramado. Si bien
es un imprevisto técnico, la molestia de Leonel no debería tomarse como un
ataque personal contra el Meta, sino como una exigencia de profesionalismo.
El dato: No es la primera vez que la infraestructura del Bello Horizonte genera quejas; la anécdota del aire acondicionado mencionada por Trujillo solo subraya que la comodidad mínima para el deportista sigue siendo un tema de debate y no un estándar garantizado.
El Cierre de un
Círculo Vicioso
El fútbol colombiano tiene una tendencia preocupante a
"romantizar" las dificultades. Se dice que el jugador colombiano es
"guerrero" porque se adapta a canchas malas, climas extremos y viajes
eternos. Sin embargo, esa resiliencia es, a menudo, la excusa para no invertir
en lo fundamental.
El cruce de palabras entre el técnico y el dirigente
deja varias reflexiones:
Leonel tiene razón en el fondo:
El espectáculo sufre si la cancha no ayuda. Si queremos vender una liga
internacional, no podemos jugar en terrenos que parecen de fútbol aficionado.
Trujillo tiene razón en la
forma: Quizás las formas de Leonel, siempre volcánicas, opacaron un reclamo
legítimo, permitiendo que la discusión se desviara hacia el regionalismo y no
hacia la gestión del escenario.
Conclusión
Llaneros ha demostrado ser un proyecto serio que busca
consolidarse en la A, y Villavicencio es una plaza espectacular con una
hinchada que merece lo mejor. Pero defender lo indefendible bajo la bandera del
orgullo local solo retrasa la excelencia. En lugar de "repasos de
infraestructura", el fútbol colombiano necesita estándares de calidad innegociables. Si la cancha
está mal, se acepta, se arregla y se mejora. Lo demás es ruido para ocultar el
barro.